Decidí irme a la casa de mamá, provisoriamente, unos días.
Ella es una mujer especial, nunca me llevé mal, pero... es chapada a la antigua, muy religiosa, no me habló ni me dejó hablar nunca de sexo, muy machista, bien a la antigua, al punto de que cuando cumplí dieciocho tuve que trabajar para irme de casa, sin posibilidad de estudiar nada. De chico me crió con los cuentitos del hombre de la bolsa, el cuco, y todo tipo de personajes sobrehumanos para hacerme dormir, estudiar, o cumplir cualquier tipo de responsabilidad. De grande no me dejó mucho espacio a la fantasía, no más cuentos, no más personajes, no mas historias, no más creatividad, era hora de trabajar y conocer a la mujer de mi vida, para vivir en nuestra casa propia y tener una familia. Y la verdad es que hasta el día de hoy lejos estuve de todo eso. Ni bien terminé la secundaria empecé a trabajar en el galpón de baldosas, lajas y azulejos con mi tío, pero duró poco, el galpón cerró (Menem) y mi tío quedó desocupado y es el día de hoy que vive de changas. Yo quedé pegado con él y empecé a arreglar bicicletas con un amigo. Tanto me insistió mamá con que ese no era un laburo decente y que tenía que proyectar mi casa y mi vida, que me terminé yendo a vivir con mi compañero de las bicicletas, y no le hablé más por casi un año. Me puse a salir con una chica, que me consiguió trabajo en una empresa que importaba azulejos de Brasil, y dejé el negocio de las bicicletas, a la vez que me fui a vivir con ella. Empecé como cadete ahí y estuve hasta hace un año, llegando al puesto de coordinador administrativo a cargo de tres comunas de Capital Federal.
Me echaron cuando el dueño (al cual nunca le conocí la cara) vendió la empresa a nuevos trajeados que decidieron renovar parte del personal. La chica quedó trabajando y por cuestiones de tiempo dejamos de vernos.
Volví a las bicicletas con mi amigo, pero con los ahorros que había juntado en la empresa, le propuse ponernos una bicicletería. Ramiro, el mismo que supo hospedarme cuando quedé en la calle a los 19 años, fue mi primer socio. No nos fue tan bien, pero nos alcanzaba para mantenernos sin que nos faltara nada y si alguna vez faltó algo lo supimos manejar. La amistad que fuimos construyendo con las experiencias nos hizo pasar grandes momentos. Ramiro formó pareja con una clienta que siempre iba a inflar la bicicleta jaja, y yo volví con Marina, la chica con la que salía, pero esta vez estuvimos unos meses juntos y decidimos casarnos.
Cumplí veinticinco años cuando mamá volvió a prepararme una merienda, contenta de saber que me iba a casar y estaba viviendo con mi mujer. A partir de ahí mi vida fue más normal que nunca, trabajo, casa, cena, dormir, discutir, era como para hacer una película en la cual mi personaje lo interpretara Darín. Pero de golpe llegó una hija. Después de un año y medio de casados tuvimos a Laura, la nena más hermosa del mundo. Nos mudamos a Colegiales y mi mamá nos compró la cuna y una heladera nueva, mientras que mi suegra nos ayudó a llegar a varios fines de meses, fueron tiempos difíciles. A partir de ahí, me acerqué más a mi mamá, o mejor dicho, ella se acercó más a mí. Al mismo tiempo, con Marina descuidamos nuestra relación y se gastó.
A Laurita nunca le faltó nada y casi no nos vio discutir, pero la realidad es que nos llevábamos cada vez peor. Marina se fue de la casa de Colegiales un tiempo, tiempo en el cual trabajé el doble para mantener la casa.
Volvimos a intentarlo hace un tiempo y finalmente decidimos separarnos definitivamente.
Como consecuencia, ella se quedó en la casa y yo vine a parar a la casa del fuego de calle Honduras. Y consecuente a eso, terminé nuevamente en lo de mi mamá.
-No termino de entender por qué te fuiste de la casa, Pedro-
-Tuve problemas con el alquiler te dije, mamá-
-Sí pero qué problemas quiero saber-
-Me metí en gastos con la bicicletería y todavía no pude recuperar lo que puse-
Bajo ningún punto de vista quise decirle el verdadero motivo de mi presencia. Hacía tiempo que no veía a Laura, recién separado de Marina, y con la casa atacada por fantasmas de fuego, lo último que me faltaba era que mamá me tomara de loco o de vago que inventa historias para vivir cómodo (y conociéndola, era la reacción más probable).
-¿Y qué pensas hacer?-
-Voy a bancarme un mes acá, no te hago gastar un peso de más, y me iré a vivir a un hotel supongo, hasta encontrar algo como la gente-
Su cara fue despreciante y me llené de bronca, pero evité pelear.
Esa noche me acosté en mi vieja habitación, todavía con afiches de Batistuta y Maradona.
Pero si creía que alejándome de la casa, me había alejado de los problemas... estaba muy equivocado.
Un sueño. Metido en una discusión con mi mamá, muy real, sobre mi futuro próximo, la veía a ella que se acercaba a la cocina y mientras me gritaba prendía la hornalla. Una enorme explosión de fuego la hacía caer al piso y cuando me acercaba a ella para ayudarla estaba pelada, ya no tenía pelo en la cabeza. Ramiro aparecía para ayudarme y me decía "fueron los fantasmas éstos que tenés en tu casa loco, andá y averiguá lo que quieren porque van a terminar quemándonos a todos hermano, andá y terminá con todo esto". Pero si bien la voz me sonaba conocida, no era la verdadera voz de Ramiro.
En ese momento mamá me despertó asustada.
-¿Qué te pasa Pedrito corazón te sentís mal?-
-¿Qué pasa mamá por qué mal? ¿Por qué me despertas así?-
-Tu piel nene, ¡tu piel!-
Mi piel... estaba hirviendo, completamente colorada y caliente.
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