1/28/2012

Comiendo chimichanga.
Tomando fernet.
Mirando sexo.
Teniendo sexo.
Fumandose un vino.
Tomandose un fino.
Rompiendo las paredes a martillazos.

Me desperté encerrado. La habitación increíblemente estaba más pequeña que anoche. No podía entender cómo era que la habitación se había achicado. La bicicleta estaba por encima del mueble, o eso creo, y las teclas del piano habían reventado por la presión de la pared sobre el mismo instrumento y estaban desparramadas por las pocas baldosas que quedaban. Apenas pude levantarme de mi cama ya que el techo me masticaba el pelo si me paraba. Salí de entre las sábanas agachado y encontré mi salvación. El martillo. En realidad no era un martillo, era una masa. La tomé con la mano derecha y me senté con la cabeza agacha en la cama.
Comencé con los mazasos en todo el techo, empezando por la parte de mi cabeza.

Seis horas más tarde la habitación parecía bastante más comoda por el tamaño, aunque bastante más sucia por el polvo, la pintura y los pedazos de material que quedaron de alfombra.


Diez horas más tarde se fue volviendo todo horrible, la habitación comenzó a ensancharse otra vez hasta quedar casi a tamaño normal, pero seguía rota.

Un día más tarde la habitación tenía su tamaño normal, pero estaba destruída, las teclas del piano estaban en su lugar, y yo limpiaba mientras me arrepentía y trataba de comprender que había roto todas las paredes en una especie de sueño despierto en el cual sentí que la habitación se había achicado.

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