Estaba todo cantado, los problemas entre ellos empezaban a ser cada vez más seguidos, con menor sentido, y yo empecé a formar en ella una especie de contensión. Cada vez que discutían, ella me buscaba y yo la escuchaba, la aconsejaba, la abrazaba, la cuidaba. Al principio quizás fue de a poco, qué pasó, cómo estás, ya pasó, te quiero, te quiero. Pero después de una pelea en la cual ya se veía venir el desastre, ella me pidió que nos vieramos para hablar. Yo accedí, nos encontramos a unas cuadras de mi casa, compramos algo para tomar y caminamos mientras ella me empezó a contar, entre varias cosas, que no sabía si quería seguir estando con su novio.
-Está todo tan raro, me siento tan confundida, no se qué me pasa. Algunas veces te juro que ni siquiera se qué siento.
Me decía y repetía a cada rato esto.
En un momento dado llegamos a una plaza y como la tarde estaba linda y nos habíamos cansado de caminar, nos fuimos a sentar al pasto. No se realmente si fue por eso que nos sentamos o por lo que pasó despues, pero siempre tuvimos esa especie de acercamiento inconsciente, como que el destino nos juntaba.
La cuestión, es que sentados en el pasto, ella me dijo que no sabía lo que le pasaba y que creía que le gustaba alguien más. Todo esto fue muy confuso y, aunque sepa lo mal que estuve y lo egoísta que fui, les puedo jurar que aunque intenté, no pude pensar en otra cosa que no fuera ella, no pude pensar ni en mi amigo ni en nada. El amor es muy difícil de llevar adelante objetivamente, todos aquellos que aman de verdad sabrán que no pueden remar contra la corriente y, siempre, se terminan dejando llevar por lo que sienten. Yo, soy igual que ustedes.
-¿Y quién es ese otro con el que tenes dudas?- le pregunté.
No me respondió, pero se quedó mirándome a los ojos, y estando relativamente cerca, no pudimos evitar ir acercando de a poco nuestras bocas y nos dimos un beso, profundo, un beso de amor oculto que quería salir hace tiempo y no podía, un beso de desahogo, de liberación, el beso que definitivamente cambiaría todo. Nos abrazamos y nos besamos durante algunos minutos sin caer en la cuenta de lo que estaba pasando. A ninguno de los dos nos importaba, estabamos enamorados. Cuando nos soltamos, hubo otro silencio y una nueva mirada, muy distinta, una mirada unida por primera vez.
Me pidió perdón, se sintió culpable, hablamos, y coincidimos en que esto no podía seguír ni un sólo paso más hasta contarle a nuestro amigo, a quien ya habíamos pasado por alto.
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