Mi ciudad, es la Capital de mi país. Mi país es Argentina, un enorme, muy muy grande país que tiene desde nieve y mucho hielo, hasta sal y sal y más sal, pasando por selvas, bosques de todo tipo, ríos, mar, islas, cataratas, y una enorme diversidad de paisajes y cielos.
En cuanto a lo natural, ese es mi país. Un pedazo de América, y a decir verdad una parte muy linda, privilegiada si se quiere. Pero mi país tiene, así como en lo natural, muchos contrastes si hablamos de sociedad. No pretendo ponerme a hablar de cosas estadísticas que no conozco, ni generar discusión o debates sobre la sociedad, sin embargo no puedo dejar de remarcar una cosa. Cada experiencia que viví lejos de mi ciudad, me demostró lo distintos, y no sólo distintos sino lo negativos, que podemos ser algunas veces los ciudadanos, a quienes nos llaman "porteñitos". Desde Bariloche con un: "Sos de Capital Federal? que lástima por vos hermano", hasta en Uruguay, puedo decir que desde que se daban cuenta del lugar del cual vengo, comenzaba un trabajo de voluntad para que entiendan que no soy un hijo de puta sólo por vivir en Almagro. Y es que yo, si bien es cierto que soy bien de acá, que vivo caminando por el núcleo del quilombo y que me manejo aceleradamente, no quiero, NO QUIERO, quedarme en mi ciudad, y, siempre que se presente la posibilidad, espero poder pasar mi tiempo lejos, lo más que pueda, de toda esta mezcla de tecnología, comercio, escalones de poder, basura y mala onda.
Con muchas pero muchas ideas, pensamientos, conclusiones y sensaciones sumadas, entre mi vida y mi ciudad, en un ataque de estupidez/creatividad/alpedismo/ocurrencia/enojo con la ciudad, tuve la idea de experimentar con la gente que transita las mismas calles que yo, con el objetivo de conocer un poco más la generalidad de mis pares con quienes me cruzo todos los días y no me saludo casi nunca.
He aquí mi primer experimento, bastante estúpido y simple, pero que a mí, me demuestra muchas cosas.
1) Teniendo bastantes cuadras por delante para llegar a donde tenía que llegar, me propuse saludar a la gente que pasaba, no a toda obviamente porque era demasiada, pero a los que venían más o menos separados dije "los voy a saludar a ver qué pasa". Así me encontré de golpe caminando y saludando a quienes venían de allá, para acá. El objetivo, más o menos, fue intentar comparar: de cuánta gente saludaba, cuánta gente me devolvía el saludo. Y sinceramente no me fue muy bien. La idea era tener un prejuicio, osea, antes de empezar, ya pensar cómo me iba a salir. Y para esta vez fui positivo "es un saludo, seguramente muchos me van a saludar" pensé. No me fue muy bien la verdad, y es que de 50 personas que habré saludado aproximadamente, 15 me respondieron, contando las sonrisas como respuesta. El resto, nada, apenas alguna que otra mirada.
Todavía no pretendo sacar conclusiones ni causas ni consecuencias de estos experimentos, pero alguna aclaración voy a hacer al finalizar. Y en cuanto a este primero, puedo decir que la gente no sólo no está acostumbrada a recibir saludos, sino que les sorprende por demás un gesto de buena onda espontáneo de alguien que no conocen. Me da la sensación de que si me hubiera quedado tres segundos más con cada persona, de 50, me hubieran saludado 40. Pero cruzábamos caminando y entre que me miraban, lo pensaban, dudaban, se daban cuenta de que capaz que les hablé y después se reafirmaban que los había saludado e intentaban darse cuenta de si yo era o no era conocido, yo ya estaba en la otra esquina. Y eso es lo que puedo decir, la gente me dejó la impresión de sorpresa absoluta y falta de reacción.
Alex.
no sé porqué pero estaba seguro que por ahí iva la cosa...
ResponderEliminarpor donde iba la cosa?
ResponderEliminarno se, por mi parte si alguien me saluda, depende mucho de muchas cosas si le respondo, a veces te agarran desprevenidos. y aparte considerando que por la calle a las mujeres nos dicen cada cosa, y eso que no soy ninguna angelina jolie ajajaj pero bueno capaz por eso se atajan o se quedan mudos
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