A enormes cascotazos se derrumbó el Castillo del Reino de los Árboles. Calor observaba, ya desde una posición lejana a ambos bandos, en la copa más alta del roble montañoso, cómo, aquello que supo ser un ejemplo un día, aquel Castillo primero, aquel invencible por todos y temido por tantos, se destruía a cataratas de piedra y polvo. La vida que había en su interior escapaba como podía para no ser destruída también. Los cimientos cayeron junto a las ramas débiles. El dolor que inflingía ver cómo se destruía aquella inmensa maravilla, ese monumento que nació para ser intocable, era quizás más grande que el mismo dolor de la roca al impactar contra la muralla.
Calor lloró despidiendo su pasado entre las hojas verdes, los árboles lloraron con él y la vida del Castillo se transformó en sombra en el bosque. Nada quedó de lo que supo ser gigante una vez. La ilusión, el recuerdo, el dolor, el nacimiento de lo nuevo, el futuro hecho presente, esa mezcla rara de sensaciones que traen los finales de cuentos. Pero para Calor ya era hora de afrontar lo nuevo con la frente alta. Así fue como entre lágrimas e impactos internos, giró y comenzó a vivir su libertad. La libertad a la cual esperó siempre y nunca se animó a buscar. Había llegado el momento de ser libre. Los escombros contrastaron con el nacimiento de una inmensa libertad. Para muchos el sueño terminaba. Para Calor, recién comenzaba.
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