El chico era de familia, normal, padres y hermanos, algunos primos y primas, iba al colegio aunque le costaba horrores y jugaba a la pelota en la plaza. Pero vivía en el lugar equivocado, a la vuelta del mismo infierno. Se mandó la cagada de dejarse llevar por angustias pasajeras (aunque le parecían eternas) y tomó el camino de la autodestrucción. Se metió en lugares que jamás había imaginado, poniendose a prueba, se enamoró incluso de la persona equivocada y conoció la cara de Cristo prematuramente (todas estas conclusiones teniendo en cuenta una "no creencia" del destino) y llegó hasta el pasillo sin salida al cual llegan todos los que eligen ese camino. Esa noche, disparó todas sus chances de escapar ante una "lancha" que supo acorralarlo, vio morir a quien creyó su amigo, y terminó contando días en una pared de cemento y reja, resintiendo a la sociedad, a quienes imponían autoridad subidos a cualquier "lancha" o parados llamando la atención en una vereda, a quienes vendían vicios y a todos aquellos que a partir de ese momento le hicieran sentir el rigor de haber estado contando días en una pared de cemento tras la reja.
Contando días se volvió un poco loco. Tanto rencor, sumado a injusticias y reprimendas inconstitucionales dentro del calabozo, sumado a vicios internos, sumado a nuevas malas juntas, sumamente más rencorosas que él, lo hicieron pensar en que una vez en libertad, la vida cobraría un nuevo sentido: intentar dominar el rencor y la sensación de injusta discriminación de la sociedad hacia él, dándose él mismo una nueva oportunidad de salir adelante recuperando la vida que había dejado atrás y dándole al mundo la oportunidad de volver a confiar en él.
Pero su mente se había vuelto débil, el diablo había subido demasiadas veces por la chimenea y le había quemado las ideas. Y así fue como al poco tiempo de haber vuelto a nacer, la situación económica y mental le hizo creer que estaba obligado a reincidir. Cuando quisieron acercarle nuevos elementos, planes, ayudas, intentando alejarlo de la oscuridad, se dieron cuenta de que en realidad ya no escuchaba propuestas, no estaba dispuesto a negociar, ya se había poseído nuevamente y con la boca anestesiada y el habla exaltada no quería otra solución más que la que todos temían. Aunque había prometido que cambiaría, no pudo evitar sentir algo de placer, o quizás impunidad (que algunas veces genera placer), cuando otra vez volvió a sentir en su mano derecha un tambor lleno.
Se fijó un objetivo y sin calcularlo demasiado, acometió al crimen. Sin saber que cruzaría su última línea, desplazó su poderío lastimando y agrediendo inocencias. Una niña adolescente, un hombre de mediana edad que le pidió calma, todos sufrieron consecuencias físicas graves. Se reía mientras revoleaba el fuego en sus manos, amenazando a diestra y siniestra con llevarse aparte de efectivo alguna que otra vida.
Con los valores capitales en su mochila, agredió por última vez al dueño del bar y ni bien abrió la puerta de salida sintió el grito de dos anaranjados enemigos.
"¡Soltala porque te quemo hijo de puta!"
Su cabeza estallaba de delirio y la chimenea le ardía del último encontronazo con la falopa. Sin reaccionar a correr o a disparar, les gritó, que le tiren si les daba la sangre, que le tiren, que él los podía matar con las manos, que eran una manga de gatos ellos dos y todos los putos de sus gorrudos compañeros.
Sintió un estallido violento y el impacto le golpeó el hombro, cerca del corazón. Quiso apuntar, no pudo, tiró para arriba e hirió una pared. La sangre le recorría del hombro y el cuello a la cintura. Era todo ardor, delirio y griterío. No podía reaccionar, quería apuntar o correr pero se le nublaba la vista y le temblaban las piernas mientras seguía insultando sin poder ni querer parar. El segundo impacto lo volteó, dejándolo tirado en el piso.
Lo último que escuchó antes de morir fue el griterio de la gente y la sirena de un patrullero que se acercaba a toda velocidad.
"Perdón".
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